Cuando los padres no se ponen de acuerdo con las extraescolares

Uno quiere que haga fútbol. El otro prefiere música. Y lo que empezó como una conversación de septiembre sobre horarios acaba convertida en una discusión que ya no va de la actividad. Estos desacuerdos son más frecuentes de lo que se reconoce, y casi nunca tratan de lo que parecen tratar. Te lo explica Adrià Puente Sabater, psicólogo y terapeuta familiar y de pareja.
Qué suele haber detrás del desacuerdo (y no siempre es la actividad)
Muchos de estos choques aparecen dentro de la propia pareja, sobre todo cuando existen expectativas sobre lo que puede hacer nuestro hijo o nuestra hija.
En ocasiones proyectamos sobre ellos deseos que tienen más que ver con nuestra propia historia que con sus necesidades o intereses. Y eso lleva a cierta confusión: ¿estamos eligiendo esta actividad porque realmente le interesa a nuestro hijo o porque nosotros deseamos que la haga?
A veces queremos que repitan aquello que nosotros hicimos de pequeños, quizá para que vivan las mismas sensaciones agradables que nosotros vivimos. Pero también ocurre en situaciones más complejas: que deseemos que destaquen especialmente en una actividad porque nosotros tuvimos éxito en ella o, al contrario, porque sentimos que fracasamos y queremos que ellos consigan aquello que nosotros no pudimos conseguir.
Cuando esas expectativas empiezan a intervenir en la relación de pareja o en la dinámica familiar, aparecen los conflictos: la actividad deja de estar centrada en el niño y pasa a estar cargada de deseos y experiencias que pertenecen a los padres. De ahí la pregunta que conviene hacerse antes de discutir: ¿esto lo quiere mi hijo o lo quiero yo para mi hijo?
¿Es un desacuerdo de estilo o de fondo?
Conviene distinguir si estamos ante un desacuerdo de estilo (deporte frente a música), ante el deseo propio de uno de los padres o ante una diferencia real en la manera de entender cómo queremos educar.
Porque los valores que queremos transmitir pueden trabajarse por muchos caminos distintos: a través del deporte, de la música, del arte o de cualquier otra actividad. No existe necesariamente una única actividad que permita desarrollar aquello que consideramos importante. Cuando uno cae en la cuenta de eso, muchos desacuerdos de estilo se desinflan solos.
La pregunta que falta: ¿qué opina el niño?
Además de preguntarnos qué queremos los adultos, hay una pregunta fundamental que suele quedarse fuera de la conversación: ¿qué opina el niño? ¿Cómo podemos empezar a escuchar también su voz, incluso cuando es pequeño?
Puede ocurrir que los padres tengamos muy claro que queremos que haga determinada actividad y que él no quiera hacerla. Ahí es importante distinguir entre aquello que consideramos beneficioso para él y aquello que realmente está dispuesto a experimentar.
Así que, más allá de buscar un acuerdo entre los adultos, también deberíamos preguntarnos si existe cierto acuerdo con el propio niño. Escucharle no significa que decida siempre, especialmente cuando es pequeño. Pero sí significa tener en cuenta sus preferencias, sus resistencias, sus intereses y cómo está viviendo esa experiencia.
A partir de ahí, la familia puede buscar actividades con las que se sienta alineada respecto a los valores que quiere transmitir y a lo que puede aportar al desarrollo del niño: potenciar determinadas habilidades, favorecer la concentración, trabajar aspectos psicomotrices, aprender a relacionarse, explorar o simplemente descubrir algo que le pueda gustar. Se trata de encontrar un equilibrio entre lo que queremos transmitir como padres, lo que necesita cada niño y aquello que está dispuesto a explorar.
Cómo decidir sin que el niño quede en medio
El niño tiene que percibir que sus padres, más allá de sus opiniones o deseos, son capaces de hacer un frente común respecto a lo que consideran mejor para él.
Lo que es bueno para uno de los padres, o lo que responde al deseo del otro, no tiene por qué coincidir con lo que es mejor para el niño o para la familia. Y eso es lo que debería imperar.
Por eso el niño tiene que poder percibir que se le escucha, que se tiene en cuenta lo que dice, opina y propone. Eso no significa que vaya a tomar la decisión final: significa que su opinión tiene un lugar, que su deseo se valida y que se respeta. Que pueda sentirse respetado en su deseo aunque la decisión final no sea la que él hubiera elegido.
A partir de ahí, son los padres quienes asumen la responsabilidad de decidir, intentando hacerlo desde un lugar compartido. El mensaje que debería llegarle al niño es: «Te escuchamos, entendemos lo que quieres y respetamos tu deseo, aunque no siempre podamos hacer lo que tú quieres. Y nosotros, como padres, vamos a tomar las decisiones que consideremos mejores para ti».
Cuándo el desacuerdo merece trabajarse en terapia de pareja
Cuando el desacuerdo empieza a generar un malestar significativo y cada vez mayor dentro de la pareja, conviene detenerse y revisar qué está ocurriendo.
Puede pasar que cada uno tenga ideas muy claras sobre cómo deberían hacerse las cosas y que, cuando esas ideas se vuelven demasiado rígidas, terminen afectando a la armonía familiar. Especialmente cuando no dejan espacio para que el otro se exprese, explique su punto de vista o se sienta escuchado. Si el desacuerdo se va convirtiendo en una fuente estable de tensión, quizá sea necesario buscar un espacio para trabajarlo.
Ahí la terapia de pareja puede ser un recurso interesante. No necesariamente porque exista un problema grave en la relación, sino porque ayuda a recuperar ese espacio de diálogo y, sobre todo, a volver a poner el foco en el objetivo común: ¿qué es lo mejor para nuestros hijos y para nuestra familia?
Cuando nuestras convicciones se vuelven tan rígidas que dejamos de escuchar al otro, o incluso perdemos de vista qué necesita nuestro hijo, quizá haya llegado el momento de revisar esas posiciones. Porque al final no se trata de que uno de los dos tenga razón, sino de encontrar juntos aquello que consideramos mejor para nuestros hijos.
Qué hacer con esto antes de la próxima matrícula
Antes de discutir horarios, cada uno por separado puede responder a una pregunta: ¿esta actividad la quiero porque le interesa a mi hijo o porque la quiero yo para él? Después, preguntadle a él y dadle un lugar real a lo que diga, aunque la decisión final sea vuestra. Y recordad que casi ningún valor depende de una actividad concreta: hay muchos caminos para llegar al mismo sitio.
Si el desacuerdo es sobre cuántas actividades puede asumir, en esta guía te explicamos cuántas extraescolares debe hacer un niño y qué señales de sobrecarga observar. Y si lo que buscáis son alternativas concretas que os convenzan a los dos, puedes explorar el directorio de BuscaExtraescolares por ciudad o por materia.
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Psicólogo y terapeuta familiar y de pareja, colegiado n.º 22.571 (COPC)
Psicólogo y terapeuta familiar y de pareja, colegiado n.º 22.571 por el Colegio Oficial de Psicología de Cataluña. Su formación como psicoterapeuta engloba el constructivismo y la terapia familiar sistémica (Escuela de Terapia Familiar de Sant Pau). Desde estos modelos ha desarrollado una mirada capacitadora hacia las personas y trabaja para potenciarla: construyendo y fortaleciendo los vínculos más significativos de la vida podemos encontrar los recursos necesarios para el cambio. Desde hace años trabaja en distintos campos, como las adicciones y las dependencias, y con familias que sufren situaciones de vulnerabilidad.
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