Celos entre hermanos y extraescolares: cómo evitar la comparación

Dos hermanos, dos actividades y una tentación muy habitual: comparar cómo le va a cada uno. Quién aprende más rápido, quién se porta mejor en clase, quién ha pasado de nivel antes. Cuando esa comparación se instala, la extraescolar deja de ser un espacio de descubrimiento y se convierte en un terreno de competición. Te lo explica Adrià Puente Sabater, psicólogo y terapeuta familiar y de pareja.
Antes de comparar, pregúntate para qué lo haces
La comparación entre hermanos genera fricción en cualquier ámbito, y las actividades no son una excepción. Lo importante no es tanto la comparación en sí como la pregunta que hay detrás: ¿por qué estamos comparando, con qué objetivo y de qué manera beneficia eso a uno o a otro?
Cuando comparamos a los hermanos, los situamos en un terreno competitivo. Y en toda competición hay ganadores y perdedores: uno es «el que lo hace mejor», «el que se porta mejor», «el más responsable» o «el que consigue aquello que el otro no consigue».
Por eso conviene detenerse en la pregunta incómoda: ¿qué estamos intentando conseguir cuando comparamos a nuestros hijos?
Quizá lo fundamental sea que cada hermano pueda sentir que, haga lo que haga, eso no modifica la relación ni el cariño que sus padres sienten hacia él. Que no necesita ser mejor que su hermano, comportarse de una determinada manera ni conseguir determinados logros para sentirse valorado. El objetivo no debería ser que compitan por el reconocimiento de sus padres, sino que cada uno pueda construir su propia identidad y sentir que hay un lugar para él dentro de la familia.
¿Actividades distintas para cada hermano o la misma para los dos?
Como en tantas cosas, no hay una única respuesta.
Lo más importante es buscar para cada hijo actividades alineadas con sus deseos, sus capacidades y sus propios intereses: que pueda descubrir qué le gusta, qué le motiva y en qué quiere desarrollarse, sin que eso tenga que coincidir necesariamente con lo que hace su hermano o su hermana.
Cuando hay poca diferencia de edad, además, es importante poder diferenciar espacios. Que cada niño y cada niña sienta que tiene un espacio propio para crecer, para desarrollarse y para descubrirse más allá del vínculo fraternal. Son individuos autónomos y únicos, y por mucho que hayan compartido tiempo, espacios y experiencias, cada uno necesita también la oportunidad de construir su propio camino.
Esto no significa que los hermanos no puedan compartir actividades. Hay hermanos que disfrutan mucho haciendo lo mismo, y no tiene por qué ser negativo. La cuestión es que, incluso compartiendo ese espacio, cada uno pueda sentir que tiene libertad para desarrollarse de manera individual, desde sus propios intereses y necesidades.
Cuando uno destaca y el otro se queda atrás
Lo primero, no comparar. Cada hijo se desarrolla en una actividad de acuerdo con sus características, sus habilidades y su ritmo, y eso no debería influir en el vínculo que construimos con él.
Los niños necesitan sentir que sus padres están orgullosos de ellos y que ese orgullo no depende de lo que consiguen, de lo rápido que aprenden ni de si son mejores o peores que su hermano. Es un reconocimiento que debería ser incondicional.
También es importante que aprendan que cada persona aprende de una manera distinta y a velocidades distintas. Lo relevante es que vayan avanzando y que encuentren aquello que les motiva. Y, en la medida de lo posible, podemos intentar transformar la comparación en admiración: en lugar de mirar al hermano desde el «él lo hace mejor que yo», llegar a pensar «qué bien se le da esto» o «qué puedo aprender de él».
Tampoco podemos reprocharle a un niño que aprenda más despacio que su hermano. Cada uno tiene su propio ritmo. Al mismo tiempo, conviene que cada niño pueda reconocer aquello que hace bien, aquello en lo que destaca, para evitar la frustración y poder seguir aprendiendo.
Porque tanto dejamos de aprender cuando nos aburrimos como cuando nos frustramos. Y parte de la tarea de los adultos consiste en encontrar ese punto de equilibrio que permite a cada niño seguir aprendiendo desde sus propias capacidades.
Hablar con cada hijo sin que el otro lo viva como una comparación
Cada hijo necesita su propio espacio, y ese espacio no tiene por qué darse únicamente a través de una actividad: también a través de momentos compartidos con sus padres de forma exclusiva.
Esa exclusividad, tanto con los hermanos mayores como con los pequeños, conviene reforzarla siempre que la logística familiar lo permita. No hacen falta grandes planes ni mucho tiempo. A veces basta con un rato a solas con mamá o con papá para generar un espacio diferente.
Y es precisamente en esos territorios exclusivos donde se puede hablar con más franqueza y honestidad sobre cómo se sienten, sobre las actividades que hacen, sobre lo que les gusta o les cuesta, sin que tengan que compararse con su hermano o su hermana. Se trata de que cada hijo sienta que tiene un lugar propio dentro de la familia y que, en ese lugar, es escuchado y acompañado desde su individualidad.
Qué hacer con esto la próxima vez que elijas actividades
Elige la actividad de cada hermano por separado, partiendo de lo que le interesa a él y no de lo que ya hace el otro. Si comparten actividad porque a los dos les gusta, perfecto: procura solo que cada uno tenga también algún espacio propio. Y reserva, aunque sea corto, un rato a solas con cada hijo para hablar de cómo le va: ahí es donde vas a enterarte de verdad de cómo está viviendo su actividad.
Si además estás valorando cuántas actividades puede asumir cada uno sin sobrecargarse, en esta guía te explicamos cuántas extraescolares debe hacer un niño. Y si buscas opciones concretas para cada hermano, puedes explorar el directorio de BuscaExtraescolares por ciudad o por materia.
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Psicólogo y terapeuta familiar y de pareja, colegiado n.º 22.571 (COPC)
Psicólogo y terapeuta familiar y de pareja, colegiado n.º 22.571 por el Colegio Oficial de Psicología de Cataluña. Su formación como psicoterapeuta engloba el constructivismo y la terapia familiar sistémica (Escuela de Terapia Familiar de Sant Pau). Desde estos modelos ha desarrollado una mirada capacitadora hacia las personas y trabaja para potenciarla: construyendo y fortaleciendo los vínculos más significativos de la vida podemos encontrar los recursos necesarios para el cambio. Desde hace años trabaja en distintos campos, como las adicciones y las dependencias, y con familias que sufren situaciones de vulnerabilidad.
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